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Cuando hablo de disciplina positiva oigo a algunos padres y madres decir que eso tiene que ver con no castigar a los hijos y dejarles hacer lo que ellos quieran.

Una vez más, quiero aclarar que educar desde el respeto a nuestros hijos sólo se puede hacer si le enseñamos a respetar a los demás, incluido a sus propios padres. Un modelo permisivo no es un ejemplo adecuado de educación respetuosa.

En cuanto al castigo, es un instrumento que se ha utilizado mucho en educación y que todavía hoy se recurre a él por la mayoría de los padres como herramienta para cambiar la conducta de los niños y niñas.

Ya os anticipo que no vais a encontrar en este artículo razones que justifiquen el uso del castigo, pero porque a día de hoy, no tengo ninguna que me haga sentir bien después de utilizar el castigo y que consiga unos resultados estables en el tiempo.

Aun así, mi más sincero respeto a todos los papás y mamás que recurran a él, yo reconozco que también lo usé´, pues sí que tendrán esas razones que yo hoy no tengo. Mi intención en este post es compartir con todos vosotros/as mi manera de verlo basándome en los principios de la crianza respetuosa.

Veamos entonces algunas cuestiones relativas al castigo que compartí con una madre preocupada por este tema:

¿Por qué se mantiene en el tiempo como una herramienta educativa si no es adecuada?

Se mantiene en el tiempo porque es útil. Si mi objetivo es que mi hijo o hija deje de hacer algo que para mí es inaceptable, el castigo tiene como efecto inmediato en la mayoría de las ocasiones que deje de hacerlo. Objetivo conseguido.

Ahora bien, no tengo muy claro lo que ha aprendido mi hijo o hija con el castigo, funciona a corto plazo y me veré obligado a seguir castigándole cada vez que repita la conducta e incluso endureciendo el castigo progresivamente.

¿Qué crees entonces que ha aprendido?

Lo desconozco, dependerá de cada caso y habría que preguntárselo a los pequeños. Te animo a que lo hagas, seguro que te sorprenden. Pero lo que me surge con esta pregunta es que lo más probable que aprenda sea a evitar el castigo y no necesariamente el motivo real por el que debe dejar de actuar como lo estaba haciendo.

En ocasiones, para evitar el castigo no repetirá la conducta, pero probablemente lo que desarrolle serán habilidades para no ser pillados/as. Hacerlo a escondidas (que además tiene el atractivo de lo prohibido), negar la evidencia, atribuirlo a otros o a las circunstancias, etc.

No les enseñamos a hacerse responsables.

¿Dirías entonces que no debe tener consecuencias?

Todo lo contrario, debe tener las consecuencias naturales o lógicas que se derivan de su conducta. Es el momento de aclarar la diferencia entre un castigo y una consecuencia. Una consecuencia natural es el efecto más probable que tiene cualquier decisión que tomemos, por ejemplo, si decido salir a la calle sin abrigo un día de frío, la consecuencia más probable es que pase frío y que estaré incómodo. Una variante a la consecuencia natural es aquella que no podemos permitir que ocurra, por ejemplo, si cruza la calle sin mirar la consecuencia natural podría ser que le atropellase un coche, en esos casos aplicaremos una consecuencia lógica, por ejemplo, cruzará la calle el resto de la tarde cogido de la mano. Mientras que el castigo es “la consecuencia” que yo adulto desde mi autoridad impongo como efecto arbitrario a la conducta de mi hijo o hija. Por ejemplo, si no recoges los juguetes del salón te quedas sin televisión. No tiene mucha relación la TV con el hecho de recoger, y como tal, si no quiere ver la TV o tiene otra alternativa mejor, tampoco verá la necesidad de recoger los juguetes. Eso me obliga a poner otro castigo o ir modificándolo a medida que el niño se resiste. En este ejemplo, la consecuencia lógica es que alguien puede caerse o pisarlos y romperlos si, además hemos establecido previamente una norma en casa de recoger los juguetes una vez finalizado el juego, apelaremos a ella para establecer el hábito.

¿Qué supone entonces utilizar las consecuencias en lugar del castigo?

Al menos dos aspectos que me parecen sumamente importantes. Primero que sé perfectamente lo que están aprendiendo mis hijos o hijas, y puedo hablarlo con ellos sin tensión y desde el respeto mutuo, y segundo, aprenden a tener en cuenta las posibles consecuencias de sus propias decisiones en base a nuestra dinámica familiar (hábitos, normas, costumbres, etc.), no con el temor a un posible castigo que en cada momento el adulto establezca de forma improvisada.

¿Qué más consecuencias tiene el castigo?

La respuesta que provoca en el/la niño/a. Cuando castigamos a nuestros hijos generamos en ellos resentimiento, rebeldía, retraimiento o deseos de revancha.

  • Resentimiento hacia nosotros como jueces que imponemos un castigo arbitrario generalmente en caliente sin tener en cuenta sus razones o necesidades.
  • Rebeldía, que se traduce en ocasiones en la repetición de la conducta inaceptable o sustitución por otra igualmente inaceptable.
  • Retraimiento o sentimientos de minusvaloración como respuesta a pensamientos del tipo “soy un niño malo”, “ya no me quieren”, etc.
  • Revancha, que aparece como motivación que pone en marcha la conducta rebelde con la intención de provocarnos un daño a los padres.

Como puedes imaginar, cualquier comportamiento de mi hijo o hija como respuesta al resentimiento, a su sentimiento de revancha o como rebeldía ante el castigo, será una conducta también inaceptable y entraremos en una espiral de castigos y tensión. Si modifican su conducta, por ejemplo, por temor a que los padres les dejemos de querer, acabarán condicionando mucho sus decisiones a los intereses de las personas con las que se encuentren. En cualquier caso, observarás que a medio-largo plazo tiene un efecto bastante negativo también en la autoestima del niño/a.

Visto así, no parece que facilite un buen vínculo entre los padres y los hijos, ¿no?

No sólo no lo facilita, sino que lo dificulta. También es justo decir que, si la convivencia con nuestros hijos e hijas se caracteriza por una relación basada en el respeto mutuo, aquellos episodios puntuales que puedan desencadenar este tipo de emociones o sentimientos en el niño no provocarán una consecuencia tan negativa en la relación, sobre todo, si podemos abordarlo posteriormente con ellos y permitirles que expresen cómo se han sentido y qué es realmente lo que han aprendido. No sobran las disculpas por nuestra parte si entendemos que nos hemos equivocado. Hay una cita de Jane Nelsen, madre de la disciplina positiva, que me gusta mucho a propósito de esto, dice así:

“¿De dónde hemos sacado la loca idea de que para hacer que los niños se porten mejor primero debemos hacerlos sentirse peor?”

Me estás haciendo replantearme el castigo como herramienta educativa ¿y qué opinas de los premios entonces?

Los premios son la otra cara de la misma moneda. Te cuento, cuando utilizamos los premios para conseguir que nuestro hijo o hija actúe de una manera determinada, el efecto a medio y largo plazo es similar al del castigo. Aprenderá que es bueno actuar de esa forma únicamente por conseguir el premio y no porque sea bueno para ellos o para la familia o porque esa manera de comportarse se ajusta a los valores de nuestra casa. Además, cada vez lo exigirá con mayor intensidad y en el momento que decidamos no darle el premio, aparecerán los mismos sentimientos comentados anteriormente. Otra cosa que también me parece muy importante. Cuando hablamos de educación nos estamos refiriendo entre otras cosas a las estrategias que adquieren nuestros hijos e hijas, bien porque las aprenden de nosotros o bien porque las desarrollan ellos mismos, para hacer frente de manera independiente y responsable a las distintas situaciones que se les presente en la vida. Por tanto, ¿nos gustaría verlos entonces castigar a sus muñecos, sus mascotas, sus amigos o más tarde a sus hijos cuando no hacen lo que ellos quieren? Una vez más, repito: Somos su ejemplo.

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