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Si alguien nos preguntara a cualquier padre o madre si aceptamos a nuestros hijos la respuesta sería obvia, incluso creo que me ofendería que me cuestionaran eso. Pero en esta ocasión, reconozco que quien lo cuestiona soy yo y, siguiendo la filosofía del Instituto Asturiano de Mindfulness, me hago la pregunta a mí mismo con la intención de darme cuenta de en qué medida el grado de aceptación influye en la educación de mis hijas y cuánto puedo hacerme responsable de ello. En este post, quiero compartir con todos/as vosotros/as mi reflexión sobre este tema.

Me pregunto, ¿puedo aceptar a mis hijos/as si no acepto su conducta?

De todo lo que nuestros hijos e hijas hacen a lo largo del día, existen un número determinado de conductas que resultan inaceptables para nosotros, bien porque no estén alineadas con nuestros valores (p.ej. mentir), bien porque no sean respetuosas (p.ej. contestar mal), bien porque afecten a la convivencia en casa (p.ej. dejar los juguetes por el pasillo) o bien porque sean peligrosas para ellos o para otras personas (p.ej. jugar con el fuego). Pero reconozco que, aunque existen algunas conductas que resultan siempre inaceptables para mí, hay otras en las que la valoración de aceptable o inaceptable viene determinada por las circunstancias, es decir, no es lo mismo que sean las 10 de la mañana o que sean las 10 de la noche, no es lo mismo que estemos solos en casa o que haya visita o incluso que estemos en casa ajena. Mi respuesta ante el comportamiento de mis hijos/as va a variar dependiendo de estas circunstancias aunque la conducta sea la misma y debemos tenerlo en cuenta a la hora de educar. Puestos a ser inconsistentes, me gustaría señalar también que una misma conducta de cualquiera de nuestros hijos o hijas puede resultar inaceptable para uno de los padres y completamente aceptable para el otro, no digo nada cuando entran los abuelos en juego.

Quisiera aclarar que, en contra de lo que pueda parecer, no considero que esta inconsistencia sea necesariamente negativa en la crianza de nuestros hijos. No existen dos personas en el mundo que estén de acuerdo en todo y, sin lugar a duda, las circunstancias de cada momento condicionan nuestras decisiones. Lo que sí me gustaría resaltar es que debemos ser conscientes de esta realidad y explicar a nuestros hijos el por qué de nuestra respuesta para que puedan desarrollar estrategias que le permitan adaptarse a cada una de las situaciones. Decir que, un modelo educativo donde la incoherencia en la respuesta por parte de los adultos sea la norma genera mucha inseguridad y ansiedad en los niños y, así mismo, una relación basada en la rigidez y en respuestas inflexibles por parte de los padres provoca con mucha probabilidad un estado de indefensión en ellos. El equilibrio es el camino más adecuado.

Pues bien, ¿puedo entonces aceptar a mi hijo o hija cuando no acepto su conducta? He llegado a la conclusión de que me cuesta aceptar a una persona en el mismo momento en el que está actuando de una manera que es inaceptable para mí. Me doy cuenta de que mi respuesta está alineada con el rechazo y mi hija o hijo lo percibe así en ese momento. Una respuesta frecuente por parte de ellos es “Ya no me quieres”, ¿te suena?

No dejamos de quererlos, claro que no, pero no los aceptamos en ese momento. Darme cuenta de esto me ha ayudado a ser más respetuoso con mis hijas. No se trata de aceptar todo lo que hagan, eso no es respetuoso, se trata de que, ellos/as aprendan a diferenciar que aquello que sentimos como padres no se ve afectado por lo que hagan y, por nuestra parte, entender que el “ya no me quieres” tiene que ver más con un temor real que con una intención manipuladora.

Otra cosa es ¿acepto a mi hijo o hija como es?

Más allá de las conductas aceptables o inaceptables de nuestros hijos e hijas, que tienen que ver con un momento determinado, es decir, qué están haciendo en este momento, me pregunto si realmente acepto a cada uno de mis hijos/as como es. Me surgen dos cuestiones que me parece que están relacionadas con la aceptación de nuestros hijos.

Una de ellas son las expectativas que generamos hacia cada uno de nuestros hijos e hijas, incluso antes de que nazcan. Deseamos que sean de una manera determinada, fantaseamos con sus éxitos y anticipamos unos logros que vemos como altamente probables. La realidad a medida que van creciendo es claramente distinta y nos enfrenta a esas expectativas poniendo en evidencia que estábamos equivocados. Cuanto más alejadas estén esas expectativas de la realidad mayor grado de frustración viviremos, aunque he de decir que no depende únicamente de la discrepancia entre expectativa y realidad, también influye la capacidad que tengamos como adultos para darnos cuenta de ello y diferenciar nuestros deseos de los deseos de nuestros hijos, sus éxitos de los nuestros o sus intereses al margen de los nuestros. Si no somos conscientes de ello, lo más seguro es que invirtamos gran cantidad de energía en intentar cambiar sus gustos, sus deseos o incluso su manera de pensar. ¿Creéis que desde esa postura se puede aceptar a un hijo?

Otro aspecto importante creo yo, es la habilidad que vayamos desarrollando los padres y madres a medida que van creciendo para ser capaz de conocer realmente a nuestros hijos/as respetando la etapa del desarrollo en el que se encuentran en cada momento. Cada niño o niña tiene unas habilidades determinadas, unos rasgos de personalidad que los define y unas necesidades particulares, todo ello los convierte en individuos únicos y diferentes. Si los padres no somos conscientes de ello y no nos acercamos a ellos con curiosidad, respetando que el desarrollo infantil no es lineal ni igual en todos los niños, caeremos en los prejuicios y en los “tú tienes que…”, “¡no seas así, hombre!”, “eres una caprichosa”, etc. ¿Los aceptamos así también?

Decía al comienzo del artículo que cualquier padre o madre diría que acepta a su hijo o hija sin dudarlo. Yo reconozco que, después de reflexionar bastante sobre ello, puedo decir que en ocasiones puntuales no acepto a mis hijas, pero pongo día a día todo lo que está en mi mano para ser más consciente y conocerlas según van creciendo. Aceptar a nuestros hijos es construir su libertad.

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